Domingo, 4 de agosto de 2013

UN PASEO POR MI PASADO

Hoy me ha pasado algo curioso caminando por Ciempozuelos. Había ido hoy a visitar a un amigo mío que vive por ahí y de camino a su casa me he tropezado con algo que me ha hecho retrotraerme a mis años mozos en Bucarest. Concretamente a cuando empecé a trabajar en la tienda de cocinas del señor Lupescu.

Yo me crié en un orfanato en las afueras de la capital y hasta el día en que pasé por delante de Lupescu Bucătării nunca había tenido interés por nada ni por nadie. Pero aquel día tuve un flechazo. Creo que sus redondeadas líneas me sedujeron desde la primera vez que la vi. Tenía que ser mía. Pero claro, cómo iba a conquistarla si no tenía un mísero leu.

Aún así entré en la tienda de Lupescu y me acerqué a ella. Sin mediar palabra, me acerqué a ella y la acaricié. A lo que ella respondió con un suave ronroneo. Daban ganas de quedarse con ella para siempre. 

Os hablo de la maravillosa nevera Minsk: 

La mejor nevera que salió de la URSS con diferencia.

Sin embargo, sabía que Lupescu no me iba a dejar estar allí parado todo el día así que decidí pedirle trabajo. No sé cómo, pero el caso es que el dueño se apiadó de mi y me dio un trabajo. Ganaría una miseria, pero podría estar todo el día cerca de la Minsk. Era un hombre bondadoso Lupescu. 

Pasados unos años, ya en plena era post soviética, tuve otro flechazo. Era alemana y pesaba unos 40 kg. Tenía unas curvas y una forma de moverse cuando se aceleraba que me volvía loco. 

Creo que si busco seguro que encuentro una foto suya por aquí. ¡Ah! Aquí está:

Podía pegarme horas y horas demostrándole a nuestros clientes cómo centrifugaba...

Sin embargo, lo que realmente hizo que mi amor por las cocinas y todo lo relacionado con ellas llegara a unos extremos inimaginables, fue cuando aprendí a montar encimeras. Nadie tiene la rapidez, agilidad, arte y estilo que el gran Dimitri Isofovich Raducioiu tiene con las encimeras. Yo mismo puse la encimera de la cocina de nuestro primer ministro cuando la democracia volvió a nuestro país. Para que os hagáis una idea, aquella encimera era mucho más bonita que esta: 

Así que imaginárosla si podéis.

Fueron unos años muy felices aquellos. Lástima que el señor Lupescu falleciese, la tienda cerrase y yo tuviera que emigrar a España.

Desde aquellos días no había vuelto a experimentar esa emoción al descubrir un electrodoméstico nuevo o una encimera con un diseño que me hiciera ¿cómo se dice? ¿"temblar las piernas"?

Hasta hoy. Lo que vi en Ciempozuelos levantó en mi esas mismas viejas sensaciones que viví en la tienda de Lupescu.

Tengo que volver allí y hacerles una visita. Quizás les cocine algo.

 

Marga Marga
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